

Al parecer con el suceso del Zócalo Capitalino ese de las quinceañeras, al cual no pude ir pero gracias a JorgePedro, me he podido enterar de su existencia y es una tristeza perderse uno eventos tan bonitos y de harto color primaveral, tan expuesto ante la sociedad, las nueva señoritas que dan a entender a los necesitados caballeros, por depositar su semen en delicaditos cántaros en mancebas condiciones carnales.
Pero ¿quién es esta quinceañera que decidió abandonar el Zócalo para irse a filmar un terrible video del frustrado dÃa de su boda? Con una canción no menos igual de pendeja, en la que afirma se convierte en estatua rocosa cual mirada atrás a Jericó, y con un vestido al cual agregarle un velo largo lo convierte en gala nupcial.
Con ustedes Shery…
Con cierto cargo de conciencia, me siento en la necesidad de redactar algo notoriamente menos jodido, por ser el dÃa de hoy albricias a las vÃctimas mentales de mis homicidios herodÃsticos de mi intolerancia infantojugetona.
Asà es, no me gustan los niños ni para pensar en pederastas situaciones sobables, no, no, no. Los niños son pequeñas maquinitas de escandalosas euforias, un fábrica de popó con llantos incluidos e interminables mocos verdes que dejan se deshidraten en sus fosas para que cristalicen cual ámbar prehistórico.
Gritan, pelean y preguntan ecuaciones sin solución. A su vez, son como los polÃticos, se la pasan engañándonos con perfecto dominio histriónico, para satisfacer sus necesidades biológica de comida chatarra o consiguen con su traición amistosa, algún juguete o premio tras besar cual Judas a su cómplice delictivo…
Cuando pequeño era (cabe rescatar que yo de morrito, sà pude ser el bateador emergente del anticristo) una vez mis encantos lograron sacarme de una. El hermano de Jaime (el tÃpico niño gordo al que todos le pegábamos la “traÃs” y corrÃamos cagados de la risa por que su condición lÃpidogrotesca nunca nos podÃa alcanzar) quien fue mi compañero los primeros 4 años de la primaria, se llamaba Jorge López, y en ése entonces los grados nunca se podÃan juntar a jugar, puesto que una edad clasista impedÃa el territorio de dominio se viera afectado por un indeseado. Los juegos cambiaban o dominaban según el curso escolar: en primero, se jugaban actividades de integración de sexos, no importaba, los niños no sabÃamos ni qué pedo con el poder que colgaba de nuestras piernas. En segundo, los juegos cambiaban a alguno que implicara alguno de los conocimientos adquiridos en el primer grado, es decir donde pudiéramos contar algo o tuvieran caracteres del alfabeto, como el bebeleche o avioncito en el piso. En tercero, se empezaba a descubrir el poderÃo muscular y actividades que implicaran correr eran las más certeras y divertidas. El cuarto año, los niños ya habÃan deducido que su paquete les iba a prometer el liderazgo a futuro y dominaba el juego de atrapar a las niñas y meterlas al baño de los niños o viceversa para, creo, tratar de convertirles al bando correcto. El quito grado, se descubre la ciencia y las actividades se ven menos grupales y segregados en pequeñas tribus, los pequeños cientÃficos hacen torturas con una lupa a las pobres hormigas y mutilan otro tipo de insectos con risas diabólicas. Sexto es el año del dominio territorial y los grupillos de cientÃficos se vuelven pandillas de discusión y rebeldes que ya han descubierto las pelÃculas pornográficas del hermano mayor, han logrado sacar algún pelo púbico y el timbre de voz se asemeja al cantar mañanero de un gallo en la granja.
Volviendo pues al suceso de Jorge, él estaba en 2do. y yo en 3ro. Jugando la traÃs, corrÃamos como despavoridos en un cataclismo nuclear para no cargar con la roña y tener que correr tras de alguno otro que sabÃamos era siempre más rápido que uno. La acababa de pegar y para evitar el “chicle” huà a esconderme por la dirección. Al doblar ¡mierda! que choco con Jorge, a quien no sólo tiré con la velocidad que llevaba, sino que además le clavé en el paladar el Chupirul sabor verde que traÃa en la boca. Lloró por que le dejé un hoyo enorme, casi le atravesaba el cráneo y le salÃa por la mollera, y yo en el doble estrés que vivÃa, no querÃa que me pegaran la traÃs y que me vieran con un moribundo, vÃctima de mi accidental madrazo, sólo volvà en mà y me marché a esconderme diciéndole: “ahà la traen, córrele.”
Acabado el recreo, y retomando mis actividades académicas, que llega Claudia la maestra del segundo grado con Jorge sollozando y lleno de mocos escurridos de la mano. “Gloria, ¿me permites tantito a Ricardo por favor?” y pues que salgo por la orden de mi maestra. “Ricardo ¿qué pasó con Jorge?, dice que le enterraste un Chupirul a propósito en la garganta y mira como le dejaste el paladar agujereado” en ése momento Jorge empieza a llorar para dramatizar su maldita actuación acusatoria en mi contra; para eso todos mis compañeros chismosos se asomaban por la ventana para presenciar el escarmiento que de seguro esperaban ver, como en pleno coliseo yo a punto de ser devorado por un león llamado Claudia…
“¿Yo?, pero Claudia, yo jamás harÃa algo asÃ, yo intenté ayudar a Jorgito cuando lo vi chocar contra la pared y se clavó el Chupirul en la boca, yo lo levanté y sacudà el polvo de su uniforme para que su mamá no lo regañara por ensuciarse, hasta le regalé una calcomanÃa para que dejara de llorar…“
Con ojos de asombro me vio Jorge y antes de que gritara “¡mentiroso de mierda!”, que me saco de la bolsa del pantalón un sticker de los Garbage Pail Kids y se lo pongo en una mano, “Mira es más, te regalo otra calcas más, para que tu colección sea la mejor“.
Claudia, le dice a Jorge “¿es verdad éso Jorgito?” y el morro con de seguro su primera Garbage en sus manos (era ya de niño grande) contestó: “Sà Claudia, Ricardo no fue, fue Érik“…
Y entré libre de culpas, con una calcomanÃa menos y un delito más.
Después de haberme dicho “Señor Rajuela“, he de suponer que no fuera por que mi apariencia similitaba a algún troglodita de la edad de piedra, sino por que el juego de la calva y los lentes fusionaba grácil en la apariencia de algún ser de caricaturas que bien pudo ser Globby, alguno de los Snorks, Barbapapá o Pac-Man.
Posiblemente, la ira de la comparación desmesurada que resultó en mÃ, hizo que mi semblante se volviera un poco menos amistoso, me viera más como villano de novela chafa y me negaran tomar agua, a lo que recurrÃa a tomar el café negro sin pudor al hirviente brebaje y sorber el trago como refresco de cola con hielo. Mis manos llenas de cicatrices rojas en forma de 666 y la lava que lograban ver a través de mis ojos, permitió un inmediato alejamiento de aquellos que me buscaban apodos jocosos en referente a mi persona.
Pero aun asÃ, que me bautizaran Belcebú, o me atribuÃan milagros que no concedo, que me apuntasen con el dedo mayor y hablaran pestes bubónicas de mi, no podrÃan evitar que las mujeres más eróticas y sensuales se me acerquen, jo jo y a cambio del sublime encuentro, enroscara mis brazos sobre sus acentuadas cinturas y ubicara mis oÃdos plácidamente para escuchar perfectamente el latir de sus corazones desprendido de sus pechos…


Mmm, pues más bien Edurne y yo nos quisimos tomar fotos. (jojo qué chafa post)
Ocasionalmente, con ayuda de algún estupefaciente, y no hablo de los hongos de Mario Bros, ni del café, ni mucho menos de oÃr Lali Puna, sino del agua de la felicidad: los licores; uno llega a abrir una caja de Pandora interna, y los piensos se vuelven menos congruentes de lo que la pococongruenzación advierte ser.
En mi caso, me da por llevar miles de años de ciencia, al mÃnimo cuello de embudo y tirar tantos tratados, teorÃas, tantos estudios minuciosos y precisos, tantos esfuerzos mentales, millones de neuronas carbonizadas, miles de caracteres escritos y documentados a la basura. Asà de fácil, me siento con el mandato cientÃfico de opinar y decretar lo que me venga en gana.
En una mesa de discusión, entre cubas y cervezas, el alegato termina siendo más confuso que la construcción de la Torre de Babel (y no, no se emocionen, en éstas mesas no entra ni Gael GarcÃa, ni González Iñárritu). Los alegatos infames sobre diversos temas de interés a colación momentáneo, son una tortura para cualquier escriba, leÃdo y docto perito de temas con atañe social, cultural y cientÃfico. Terminamos hablando de cualquier pendejada, abanderándola de ciencia, ¿el caso? la genética. Vemos pasar un wey que nos gusta, o una morra escultural y aseguramos diciendo: “yo estoy a favor de la clonación humana, por que asà podrÃamos con pelo de ese cabrón, clonarlo y tener una orgÃa con sus copias“.
Corte a…

Mmm, mejor quedarse con la unidad perfecta.
Esta semana he andado en putiza, por lo que no me he dado la oportunidad de verme en mis tiempos ociosos y ponerme a escribir algún pienso, de esos que tratasen de comunicar algo; sin embargo me he escapado a algunas actividades, poniendo cara de enojado para que la gente piense que estoy tan ocupado en mi proyecto, que deduzcan que estoy abrumado entre tanta chamba estresante y no se me deba molestar. Jo jo
¿Cuándo llega la edad?
En mi caso la edad se puede deducir en dos sencillos cosas:
a) Yo como varón de raza humana, oséase un wey, con pene colgando de entre las piernas, con barba hasta en las nalgas y gases olor a perro inflado de tres dÃas bajo el sol; tengo un factor hereditario que me hace distinto a los adonis como Jude Law, Pedro Infante (por que estoy vivo, desde luego) y Jonhy Laboriel: Calvicie.
b) Ponerme a pensar sobre mis logros, ésto muy en especial me hace visualizar que han pasado un putero de años y creo que aún metas como ser protagonista en una pelÃcula de los Almada, tener departamento propio, tener un hijo (jo jo jo), inclusive haber siquiera tenido una pareja estable… o alguien que me aguante al menos dos citas seguidas… chale.
Entonces llega un momento en que tener pelo delgado, cuero cabelludo seboso, casi tres décadas y una genética abuelil que me heredó la extinción de los habitantes capilares de mi cráneo, no puede disimularse la notoria ruina de lo que fue mi imperio copetudo. Me rapé. No es la primera vez que lo hago, pero sà la primera en la que lo hago consiente; fortuna es que no tengo una cabeza deforme como Joseph Carey Merrick, primero por que no padezco de una neurofibramitosis y segundo por que tampoco dejaron mis padres de bebé que se me hundiera la mollera.
Me lo hice yo mismo, me encantó la sensación de raparme frente al espejo como pelÃcula gringa en la que un drogadicto rebelde se ve en un abismo existencial y define el director el cambio de vida, con algo choteadamente notorio como rapar al protagonista. VeÃa los mechones de cabello sobre el lavabo blanco como se iba tiñendo a parecer una vaca atropellada y como las lÃneas de expresión de mi frente, al verme a los ojos se iban llenando de cabello rapado, yo con una mirada brutal de satisfacción personal me iba autoconvenciendo al paso de la pérdida de mi juventud, de que me veÃa sensacional. Terminé de hacerlo y sólo podÃa ver el resultado. Fatuo, me bañé y ante el espejo vi mi nuevo look, feliz, liberado, maduro, anciano y tranquilo de saber que en unos meses será un look permanente… me và bien, me gusté y casi lamo el espejo sobre mi mismo.
Amanece, y en mi una nueva actitud me hizo bañarme rápido, llegar temprano a la oficina y ponerme a trabajar feliz. Llegando los compañeros se cruzaron las opiniones en cuanto a qué tan bien se me acomodaba la nueva imagen. Gustó en su mayorÃa, yo estaba tan ancho como pavo real de engorda, ¡iba a conquistar el mundo!
Hasta que me dice Pepinolis: “¡Ah! ya se a quién te pareces… al Señor Rajuela“

Plop.
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Con la novedad que por primera vez en algún tiempo, creo que este fin de semana, me duró lo suficiente como para decir que asà deberÃan ser todos. No sólo pude ser testigo junto a Colectivo Cats del concierto de Post-Pastel en el Piraña (lugar anacrónicamente raro para ubicarse en la Condesa), sino que me hice bien fans de las Xara y Llessi.





¿Recuerdas a Automan?
Yo amaba esta serie televisiva, yo siempre quise tener aunque fuera un calcetÃn del material de la ropa que usaba Chuck Wagner.
Con ustedes el intro de la serie que visualizó la tecnologÃa tan similar a la historia de Pinocho, sólo que éste no querÃa ser un niño de verdad, sino, un humano para tirarse a Heather McNair.
¿Cuáles son los sÃntomas, con los que uno podrÃa empezar a pre-concluir que se está convirtiendo en alcohólico?
Yo podrÃa citar a continuación, una serie de palabras que las personas moralistas o panistas en su peor defecto, tacharÃan como aberrantes, viles, canallas y malignas para la sociedad mexicana, “¡DeberÃan matar a esos borrachos, son engendros concluyentes de la aproximación del anticristo!“. Pero no lo haré, por que yo quiero ver el lado positivo a todo (mmm) y me autojustificaré para que la cruda no venga doble…
Uno podrÃa tacharme de ebrio, por ser el que siempre llega primero a los encuentros del buen beber, y empieza a tomar descortésmente sin haber llegado alguno de los bebensales, pero qué le parecerÃa verlo como yo lo veo: Soy un ser puntual que está consiente de lo horrendo y mal educado que es el llegar tarde a donde sea y como evito entonces llegar con mi carota de impuntual y la sonrisa de hipócrita culpando el tráfico en el metro, programo mis tiempos y llego eficientemente a la hora. Empiezo a hidratarme, por que como buen miembro de los estudios antropológicos, consiente de mi humanidad y aún más consiente de mi entorno social, la dinámica grupal sugiere estar bebiendo, y pues no soy ningún anacoreta, antisocial mal encarado o un Ché Guevara revolucionario cualquiera como para no unirme al régimen del alcohol.
Uno podrÃa tacharme de ebrio, por que siempre soy el último patán en retirarme por seguir bebiendo con el último camarada, como resistencia de guerra. Yo en cambio digo que soy el mejor anfitrión que una fiesta pudiera tener, siendo el que recibe con una sonrisa uno por uno a los invitados, y les sugiere el método que deben vivir en la reunión. Soy el último, por que asà debe ser el buen organizador de fiestas, quedarse hasta que finalice todo para garantizarle a sus amistades la diversión adecuada asà como seguridad de presencia y no claudicar diciendo que ya no puedo más y marcharme como prostituta de pueblo.
Uno podrÃa tacharme de ebrio, por el lenguaje soez, prosaico, marrano y procaz que pueden mis tesituras mentales llegar a escupir, criticando desgarradoramente y sin piedad a sirvientas como Ninel Conde y Paulina Rubio y su falta de talento y buen gusto, hiriendo a la cultura pop, degradando a la raza humana y ser un arrogante con aliento a cerveza que cree tener la razón al despotricar de semejante manera. Yo lo veo de la siguiente manera: ¿es acaso un delito ser el único wey con exceso de valentÃa en sus sintagmas orados y decir la verdad por más evidentemente cegadora que sea?, yo hablo con propiedad cuando se me exige; pero el pertenecer polÃticamente fiel al entorno de cantina, me sugiere entonces hablar congruentemente al momento.
Uno podrÃa tacharme de ebrio cuando el exceso de alcohol mezclado en mis venas me convierte en un facilote, en un efebo complaciente del aberrante sexo sodomita y largarme con el wey más horrendo, o con el más panzón, o con el más anciano, o con el más joven, o con el más afeminado, o con el más gacho en todos los sentidos, o con el más hediondo a sobaco del lugar…
mmm…
…
Ok, más que ebrio se me deberÃa tachar de pendejo.







Recuerdo que en primero de primaria (asà es, tengo estudios) mi maestra se llamaba Leo, y era una de ésas que cumplÃa con todos los clichés de una maestra de la vieja escuela: Un suertecito tipo chal que sólo se ponÃa sobre los hombros, pelo corto como de monja que dejaba ver cual rayos sus canas con ursuela, lentes de puntas con una cadenita de protección tipo collar, falda perfectamente planchada abajo de la rodilla, camisa blanca como de seda con botones de marfil o que lucÃan abuelines, reloj de oro (o imitación) y una medalla de la Virgen de los Milagros colgaba de su cuello. Asà tal cual como sacada de una pelÃcula de Sara GarcÃa; pues bien Leo, dentro de su método ortodoxo antipedagógico con sus pequeños esclavitos, existÃa uno que como el perro de Pavlov, me hacÃa salivar al usar su campanita para la “hora del aseo“.
La hora del aseo, consitÃa en que ella, con el uso de un muñeco tÃtere, vestÃa su mano izquierda, y toda ella se escondÃa en un armario donde guardábamos los libros y materiales y sólo veÃamos al Señor Limpieza que nos pedÃa hiciéramos una fila por orden alfabético (obviamente yo siempre era el último) para revisar niño por niño los tópicos pulcro-niño-aseables, los oÃdos, el cabello (que tan bien venÃas peinado), las manos tomando en cuenta el largo de las uñas, la nariz esperando ver las fosas vacantes de todo moco y los dientes. Desde luego también tenÃas que venir con los zapatitos boleados y la camisa fajada, planchada e impecablemente blanca.
¿Pero en qué consistÃa la dinámica? Tan sencilla como aterradora, Señor Limpieza era un nazi de la higiene, y si no cumplÃas con los estándares asépticos que sólo el poseÃa dentro de su durÃsima cabeza de sololoy, la respuesta era un cabezazo coscorrón con saña.
Y de niño, quitarte el suéter te despeinaba y desfajaba la camisa; agarrar los materiales polvosos te ensuciaban las manos; tener alergias a los limpiadores de piso te hacÃan moquear y asombrosamente la cerilla se reproduce espontáneamente como conejos de tu casa a la escuela.
“¿Qué tenemos aquÃ, manos sucias?” y te descalabraba.

Pero Leo adoraba a mis padres por lo que en muy reducidas veces, me daba los coscorrones con menos fuerza.
Recuerdo que también siempre sugerÃa dedicar el dÃa a un santo, por lo que yo se lo dedicaré a Lorena Herrera, que ni santo, ni santa, ni mujer, ni hombre es. Simplemente es a la que gracias a: “¿Es Lorena Herrera travesti?“, “Panocha de Lorena Herrera” y “Lorena Herrera Puta” fueron algunas de las frases por las que algunos inocentes llegaron a leerme hoy… jo jo
Pues ha querido salir a la luz, atravesando las selváticas situaciones territoriales de su natal Venezuela, Dulce MarÃa León montada en su caballo, cual jinete sin cabeza, con la mera maligna intención de darle en la madre a Dulce MarÃa.
Hay varias cuestiones, ¿en verdad Dulce MarÃa, serÃa tan rebelde como para vivir sin preocupaciones, y cerrará sus ojos para pensar estar en un lugar seguro?, ¿o mejor no seguirá a los demás, y empezará a agraviar a la llanera solitaria que viene con fuerza y un pésimo domino equino?
Pero como la anoréxica de Anahà se ha mostrado, desde el inicio del bodrio de RBD, definidamente celosa contra la regordeta Dulce MarÃa, le habrá inventado un chisme de aquellos para conseguir eliminarla de su camino millones de veces interrumpido por chafa, a la fama.

Yo no sufrirÃa la pérdida, ni los de Garnier 100% color, que para éso se consiguieron a la alienÃgena de Martha Higareda.