Archivado en: Retazos de letras.
Me sorprendía sobremanera que mi compañera de a lado izquierdo, con la cual nunca hablaba, siempre tuviera una sonrisa en su faz. ¿Era una persona verdaderamente feliz?. No contuve más mi curiosidad, me armé de valor y empecé a formular mis primeras palabras con ella.
- ¿Y cuánto tiempo tienes trabajando en esta empresa? pregunté con semblante dubitativo.
- Déjame hacer memoria, entré unos días antes que tu.
No se me ocurrió nada más y devolviéndole una leve sonrisa, regresé a mis labores.
Pasaron unos días para seguir la escuálida conversación. Su semblante, radiante como siempre, llevaba trazada una sonrisa.
- ¿Qué labor es la que ejerces aquí? pregunté con poco interés en la respuesta, sino, por el afán interrogatorio que me había propuesto con ella.
- Vigilo el orden. Respondió arqueando la ceja derecha. Segura y sin fanfarronear siguió su discurso. Trabajo gratis, lo hago por puro gusto; vengo de una familia muy rica, gusto de los platillos a medio cocción, mi color favorito es el naranja y siempre he pensado que las moscas son las verdaderas mejores amistades de la humanidad.
- ¿Qué edad tienes? fue lo único que atiné a preguntar.
- Seiscientos sesenta y seis. Terminó con una breve risa.
Inmediatamente concluí que un hombre jamás debe preguntarle la edad a una dama y tomé con gracia la respuesta y continuamos nuestras labores; élla en su custodia y yo con mi archivo interminable de documentos.
La mañana siguiente, la dama de la sonrisa llegó notoriamente desarreglada, como si no hubiese dormido bien o como si hubiera trasnochado. Su ropa estaba arrugada, sus cabellos no venían recogidos como de costumbre y en los ojos dejaba en claro la falta de una almohada por lo rojizo de éstos. Sin embargo, su arribo más que pasar advertido, fue invisible para los demás. Sólo yo había notado su presencia y no sólo por ocupar el espacio a mi izquierda.
- Buenos días. Ofrecí éstas palabras al llegar mi compañera.
- Si vienen preguntando por mí unos hombres de sotana negra, tu no me conoces y no des referencias mías.
Para mi extrañeza, pensé, no sería difícil no proporcionar datos suyos, realmente no le conocía. Ni el nombre, sólo su edad jocosa y antievangélica, su color favorito (dato nada revelador), su amnistía laboral, su supuesto abolengo monetario… y la desagradable idea de las moscas como amistad de la humanidad.
- Muy bien (respondí) prometo no decir nada, pero ¿ha ocurrido algo?.
No respondió y levantándose se alejó en dirección del baño.
No regresó en todo el día a su lugar, me extrañó pero no me preocupó, la mujer necesitaba descansar. Minutos antes de que terminara la jornada laboral, a manera de susurro oigo mi nombre. Volteé hacía el origen sonoro de mi proclamación, y seguí instintivamente el cuchicheo hasta llegar a la bodega del edificio. Lóbrega, poco iluminada y tétrica. Abrí la puerta de ingreso al lugar y una peste nauseabunda salió acompañada de una brisa templada, que me irritó inmediatamente los ojos. Seguía la voz, no sentía temor, sino, ganas de devolver los alimentos, improvisé un cubre bocas con la manga de mi camisa y seguí la indagación de la habitación.
Sólo podía preguntarme quién podría ser el encargado de tal chiquero, para acusarle sin piedad, ya que parecía una cámara de torturas.
Para mi sorpresa, me topé con un especie de altar donde desnuda, se encontraba mi compañera de la sonrisa bañada en sangre. Mi horror no fue verla abierta del vientre y que salieran de ésta herida los intestinos y los gases pestilentes del homicidio, sino, fue encontrarla aún con vida y disfrutando con peculiar morbo su postura y posible muerte en instantes. Me acerqué a ver qué podía hacer para ayudarla.
- Seiscientos sesenta y seis… exhaló y sonrió como mutis final.
La voz que me llevó hasta el sacrificio que pensaba era de la occisa, se reveló saliendo un hombre en sotana negra con una daga en mano y un rosario hecho de huesos pulidos en la otra.
- Gracias a ti, dimos con esta perra. Ahora podremos salir del edificio.
Manadas de individuos con la misma vestimenta fueron materializándose de las partes mutiladas de la bodega, la pestilencia fue disolviéndose.
- Pero, ¿cómo?, no podía dejar de tener aspecto bobalicón en mi rostro, tras ver el espectáculo.
- Lo malo de un vigilante del orden, es que nunca vigila su seguridad.
Días después, desperté con una alegría descomunal, sólo podía pensar en una cifra: seiscientos sesenta y siete.
Llegando a la oficina se me acerca una hermosa mujer.
- ¿Y cuánto tiempo tienes trabajando en esta empresa? preguntó con semblante dubitativo.
- Déjame hacer memoria, entré unos días antes que tu.
2 comentarios por mucho
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weeeeeey…. que creepy…
que pedo con uste señor, ya se olvido de los simples mortales? saludos al defectuoso!!!!
Comentario por azular Junio 18, 2007 @ 9:17 pmdeja de fumar eso que fuma isrra.
Comentario por el yuca Junio 19, 2007 @ 2:34 am