Ayer tuve una pesadilla que me hizo levantarme con bastante angustia, de esas veces en las que apenas despiertas y te percatas que tu cama está humedecida por sudor y acobijarte, te provoca más frío del que puedes eliminar dentro del edredón.
Soñé que mi padre había planeado la destrucción del mundo con una bomba nuclear, y mis hermanas y yo íbamos a ser partícipes del suceso destructor cada uno alternando una función maligna, Paola iba a ser quien activara el switch que detonara la bomba, Clarisa por su parte iba a ser la que dejara caer de una gigantesca grúa el arma de destrucción en cadena y yo iba a encargarme de la logística de hacerle saber a ambas partes a qué hora hacer cada una de sus encomiendas.
Se erigió una gran estructura que fungía de trampolín para dejar caer en su momento, una especie de cartucho de mágnum, un carrete de varios misiles rojos que tendrían rotulada una leyenda publicitaria que leyera a lo largo “Siempre Coca-Cola” (imagino fueron los patrocinadores del fin del mundo en mi sueño) y se ubicara en medio de la calle donde crecí, afuera de la casa de mis padres y todo lucía viejo, sereno y como siempre, lleno de perros callejeros.
Todo estaba listo, de la manera más cómoda y cercanos a la estructura de metal, Clarisa y yo estábamos comunicándonos con Paola por radio y alistando todo para el éxito de la misión encomendada por nuestro progenitor quien se acerca a nosotros y nos indica en cuenta regresiva el tiempo para la ejecución, 5… 4… 3… 2… 1… click y se abre la gran tenaza que sostenía el cartucho de misiles que en cámara lenta caían, hasta tocar suelo.
Al impacto contra el suelo simplemente tronaron como botellas de cristal y dejaron escapar un gas verdoso que iba rápidamente expandiéndose sobre el paisaje. Simplemente sabía que era el momento de activar la segunda fase del proyecto y con la mirada le hice saber a mi hermana que empezara a correr mientras por el radio gritaba imperativamente la activación del detonante para que empezara flamear el gas, “¡ahora, ahora!“.
Seguíamos corriendo despavoridos, yo volteé para atrás y pude ver como una especie de chispa hizo que se empezara la combustión ha convertirse en llamaradas que no tardaron en abrazar a mi padre, mientras mi hermana y yo seguíamos corriendo, dejé de voltear hacia atrás y miraba sólo hacia al frente y al piso de pronto para poder ver por donde iba pisando y como las llamas iban alcanzándonos y derritiendo las suelas del calzado, ya sabía que Paola también había sido alcanzada por las llamas, por que se encontraba en la azotea de la que había sido nuestra casa de la niñez y de reojo podía sentir la silueta de mi otra hermana a la que de pronto le escuché un grito seco y de derrota, que me indicara su claudicación ante la vida y yo, no podía dejar de correr, cada vez más cansado y con menos intención de salvarme, me dejé caer y sentí como el calor recorrió velozmente mis piernas y en ese momento desperté.
Angustiado quedé unas dos horas despierto y tratando de analizar por qué había soñado tal cosa, de pronto me quedé pensando: ¿y si me pasara algo mortal?… ¡tengo que besuquearme de perdida!

Con la actual noticia sobre el hombre con más lana del mundo, en este caso el señor compatriota Slim, he decidido ir con él para dialogarle, en tono de negocios, sobre algunos menesteres que le hagan más rico aún y a mi, tener de perdido algunos millones que me hagan vivir con dignidad y ya no batallar con tener que alargar el sustento de la quincena comiendo equivalentes a la Maruchan para sobrevivir.
Pero antes, debo testear mis maravillosas ideas para llegar con un short-list y garantizarme el futuro en la cita con don Carlitos.
¿Cuáles de éstas son las primicias de mi nueva fortuna?
a) Venderle los órganos de los atletas medallistas mexicanos, como los riñones de Ana Guevara y ejemplos por el estilo. (Para una vez vendidos, darle salir corriendo con el dinero dentro de un maletín mientras río a carcajada suelta al aire “JA, JA, JA” en tono de nunca me alcanzarán)
b) Poner una agencia de retoque digital de calidad, para venderle a TVyNotas y revistas como ésas, mejores tratamientos a las finísimas y atrevidas muchachonas de las portadas como Sabine Moussier que tras unos pésimos ajustes en sus fotos, la pendeja se ha de sentir más bella y los dueños de la revista, muy satisfechos de las ventas. (Pero el chiste es que tendremos un compendio de cuerpos simplemente para pegarle la cara recortada de la pícara luminaria)
c) Comprar la fábrica de Pulparindos, y simplemente darles una nueva presentación y con una campaña que diga “Estos no tienen plomo” y que se venderán como pan caliente. (Y en caso de que digan que sí tiene plomo, demandaremos a los exdueños de la fábrica con el acuse de que nos sabotearon las máquinas por pura venganza)
d) Volver a poner de moda a Timbiriche y hacer un programa con los originales como jueces, dándole todo la autoridad moral a Alix de que regañe a los participantes diciéndoles “¿qué pasa con el dominio escénico, no ves que ser famoso depende de que tanto protagonices en el escenario?“… (ups! eso ya existe… y me acabo de enterar que es una gran mierda… ¡mierda!)
e) Ceñirle a la Selección Mexicana el presupuesto… y con lo que le ahorraremos al país, ¡podremos volver a comprar Texas y Calfornia! (y desde luego, volvérselos a vender a los Estados Unidos)

Si tienes otras ideas para írselas a vender al Señor Carlos Slim (en un fantástico power point) compártelas conmigo, y nos vamos 50-50 que no soy el avaro maligno que todos serían en caso de que se venda una idea, ¿alguna sugerencia?

Ayer que me quise dar una de estas novedades fílmicas de verano, opté por la de Los Transformers, dado a que yo era bien fans de morro y mi hermano Fito, tenía a Optimus Prime y era definitivamente el mejor de todos, el más chido, el líder de los buenos y el que tenía cañoncitos que disparaban a misiles negros de plástico tan divertidos como fáciles de perder bajo del sillón.
Para empezar llegué a una función que me evitara el contacto con los niños preguntones “papá, ¿por qué son robots?“, “papá ¿por qué esto, por qué aquello?” y compré mi boleto para función de 10pm en domingo, garantizándome que esos mounstrillos no estaría, y a su vez poca gente. Lo logré, la audiencia fue poca y tranquila, un grupo de ñoños, algunas parejas y sólo un papá con su hijo que se reía en lo menos risible de la película.
Después de los 30 minutos de comerciales, empezó la movie, que dicho sea de paso: la amé.
Terminó y pues la mayoría de la gente nos empezamos a retirar, cuando se me acercó un fulano, al que ya le había echado el ojo y no por ser un derroche de belleza, sino, por ser de los pocos maricones (3) que habían en la sala y me dice:
- ¿por qué, un chavo como tu, con esa cara tan bonita (uff, en ese momento mi ego ya había pasado la capa de ozono) tiene ese cuerpo tan feo?
¡¿QUÉ QUÉ?!, ¿cómo alguien puede hacer ese tipo de preguntas?, de seguro fue el castigo que se ganó jugando botella por la tarde con sus amigos que ponen castigos embarazosos y se chocan las manos a carcajadas sueltas cuando el castigo que se les ocurrió consiste en comerse un trozo de carne cruda o reventar un huevo en el calcetín del castigado y ponérselo.
Chale, no pude contestar nada que no fuera la verdad (por cuestiones de horarios) y sólo rematé con una mueca que sentí parecía más a una cara de extrañeza que a una sonrisa y me retiré con la mirada cual Perseo evitando verle los ojos a mi Medusa espejos que me fueran a revelar mi cuerpo feo que me convirtiere en piedra.
Hoy sin la cruda del comentario, me desayuné unas donitas de chocolate, unos pretzels y una torta de pierna adobada.
Por que de perdida dijo que tengo cara bonita jojo.
Archivado en: Amargosidades., Eyaculaciones precoces., Historias de chachas, Licuados fetales.
Sucedió que, habiendo salido temprano del trabajo, tenía una empresa en mente: dirigirme al Mixup a comprar la 8va temporada de Seinfield, por lo que acelerando el paso me dirigí velozmente al Metro Auditorio. El clima amenazaba con una lluvia para quedarse en casa y ver como corrían las gotas por el cristal de la ventana. Me sumergí al túnel de concreto y me ubiqué en espera de mi vagón. Había gente. Se dividió en dos el ingreso de la fracción de gusano de metal y saliendo algunos pasajeros, logré entrar.
Ahí estaba, un individuo con audífonos cual Jacobo Zabludowsky, que con cada partitura a tiempo real que llegaba a su cerebro, lo manifestaba en un virtuoso movimiento de manos, simulando el dominio del instrumento musical en juego.
De pronto, parecía que estuviera oyendo una sinfonía de Shubert, o un solo de jazz en piano, para terminar en un estruendoso final de percusiones, lo que me llegó a maravillar, era la misma pasión con la que disfrutaba el intervalo musical como la primera vez que le conocí. Así es, ya me había tocado en alguna ocasión, coincidir mi viaje de regreso con él, con los mismos audífonos y la misma pasión para externar al músico que llevaba dentro ¿o sería un músico?.
Hubo un intercambio de miradas, lo que me dio entender que había notado mi existencia y me permití adjudicarme el concierto para mí y no para el wey que se venía comiendo los mocos con delicada discreción, o la chica que venía llorando (para mi gusto, estaba experimentando una reciente ruptura de noviazgo); la cosa es que sin saber lo que venía oyendo, podía imaginar lo que oía, con la epiléptica interpretación pasional de éste David Helfgott en complejo tecleo del piano de aire caluroso.
Me empezó a dar un cierto dolor de estómago, ése mismo que las mujeres hacen referencia a que un enjambre de mariposas revolotean dentro de su bolsa gástrica como efervescencia de unas sales en agua. Sentía la necesidad de tener que preguntarle cualquier cosa, de hacerme táctil, de hacer eso que nunca hago: dar el primer paso. ¿Qué le iba a preguntar y cómo reaccionaría ante mi presencia? siempre he tenido un pedo con la confianza de sentirme lo suficientemente suficiente para cualquier wey e imagino que acabarán escupiéndome en la cara tras haberme sofocado y caerme al suelo mientras patean mis genitales diciendo: “pinche hígado cirrótico y con mal de Proteo, ¿creíste que te iba a hacer caso, tu tan popó de Woopi Goldberg?” y dando una última patada que me haga expulsar de mi boca una muela con sangre atada a un gemido de moribundo, terminaré en posición fetal mientras la gente transitoria del escenario donde pueda suceder esta recurrente pesadilla, simplemente me usará de tapete para limpiarse las eses fecales de perro y pasarán sobre mí haciéndome crujir las costillas o lo que quede de éllas… Pero ¿qué más daba? tenía que arriesgarme, todos los rechazos que he acumulado en vida no me hacen más fuerte, sino más masoquista.
Llegamos a Tacubaya. El camino para el transborde coincidimos en dirección paralela e íbamos hombro a hombro, ahora venía tocando el piano. Enmudecí y me hice pendejo sacando el iPod y me puse a oír a PJ Harvey:
Tie yourself to me No one else, no
You’re not rid of me
You’re not rid of me
Night and day I breathe
Hah hah ay hey
You’re not rid of me
Yeah you’re not rid of me
Yeah you’re not rid of me
Yeah you’re not rid of me
I beg you my darling
Don’t leave me
I’m hurting…
Pero no pude contra mi imaginación y me en vez de mariposas en el estómago, sólo sentí una parvada de cuervos como me desintegraban a picotasos el estómago y el jugo gástrico se venía campechaneado con mi sangre, haciéndome caminar más lento, y notar así como la velocidad se iba haciendo representativa y me llevaba ahora unos 5 cuerpos de ventaja. Volteaba para atrás buscándome. No podía volver a mi velocidad, toda mi acumulación de pensamientos me pesaban como la piedra al Pípila.
Entramos al vagón, encontré lugar y como siempre, volteé hacia la iconografía de la ruta rosa para contabilizar las ya sabidas estaciones y disimular mi atención. Se sentó en frente mío, quedando el hoyo negro de distancia del pasillo como separador entre nosotros. Pasaban las estaciones y se iba llenando el espacio de tripulantes que se dirigían a sus casas después de una jornada laboral que en sus caras, notaban fue intensa. Yo seguía buscando un pretexto en los dibujitos… en el chapulín de Chapultepec, o en el acueducto de Sevilla, o en la campana de Insurgentes, mi estación.
No me bajé, me tragué toda mi ponzoña y orgullo y mis testículos y mis absurdos temores y me puse una meta: bajar donde el baje y preguntarle “¿qué vienes escuchando?“.
Cuahutémoc pasó… y me de pronto me asaltó la idea ¿y si llegamos hasta Pantitlán? qué hueva, ojalá no lleguemos tan lejos, por que no sé en verdad si podré abordarle con mi pregunta planeada y mi acento con el que lo haría para sonar jocoso, informal y natural.
Balderas. Se levantó guardando su libro y salió. Bajé inmediatamente azuzado con el sonido que indica que las puertas cerrarán en segundos. Llevaba unos 3 cuerpos de distancia y poniendo pausa lo alcancé de unos pasos.
“Hola, oye pues te digo antes que mi bajada oficial fue Insurgentes, pero como es la segunda vez que te veo, tengo que preguntarte lo siguiente: ¿qué vienes escuchando que interpretas apasionadamente los instrumentos invisibles?” Lo había hecho, le había preguntado, le había abordado y estaba poniendo duro el estómago para prever la respuesta en forma de puño que hundiera mi ombligo para hacerlo parecer una espinilla en mi espalda…
-”Jeje, vengo escuchando P_____ J______ ” que sólo pude entender Paul Johnson, de pronto volvió mi imaginación y no logré comprender como este escritor llegara a ser músico. “Y pues como no es tu bajada, ¿quieres te acompañe hasta la que verdaderamente es?“
-”¿Tienes algo qué hacer, puedo invitarte a tomar algo?” respondí con esa pregunta.
-”Mmmm, pues vamos“. Había aceptado, y no me había pateado, ni escupido, ni vuelto a patear en el suelo haciendo conocer mi análoga realidad a la popó de Woopi. Tomamos de regreso el metro hacia Insurgentes y empezamos a platicar, luego fuimos al café y seguimos platicando. En algún momento de la plática cafetera le pregunté si no tenía pensado abordarme en algún momento, por que a mi me había costado un huevo y 7 octavas partes del otro.
“La verdad no pensé cómo hubieras podido responder, pensé que me golpearías“…
Hoy fue uno de esos días en los que poder incorporarse para asistir al trabajo, se vuelve una verdadera tortura. Tras el acumulamiento de desvelos laborales que aunados con los desvelos de excesos juveniles(¿?) del fin de semana y tener que desmañanarse apropiadamente para poder efectuar los menesteres del aseo personal y no llegar oliendo a pedo de cama, o la impresión de haber comido una dona glaseada y en la mejilla proyectar un camino níveo logrado por la sequía de la saliva nocturna.
Salí del trabajo ayer a una hora que no podría presumir de ser temprano, ése término lo disfruto a mí modo cuando o una de dos, o tengo una invitación al placer de la fermentación de los azúcares de la cebada y la uva; o que de perdida esté en ocaso el sol. Pero ninguna de éstas se dio, sino, todo lo contrario, había lluvia, eran las 10 de la noche (ante ayer salimos a la 1:50 am) y mi amiba me exigía el pan de cada día. Simplemente me desplomé y no pude cenar de lo cansado que estaba.
Hoy como cangrejo ermitaño desperté dentro del edredón y las sábanas rosadas después de un letargo fantástico donde fui protagonista a un lado de Paula Abdul y Milla Jovovich en una aventura absurda de sables y dinamitas. La alarma despertador ejecutó su labor con un volumen tan inquisidor como abyecto “levántate güevón, levántate” se podía traducir el ring ring de su monotónica voz. No podía siquiera extender el brazo para callarle… cuando de pronto por la ventana llegaba un sonido mágico que me despertó. No pude entender el resultado mágico que me llenó de vitalidad, simplemente me despertó:
¿Aplica igual si vivo en la Roma Norte?
La cabeza que hace llamado estos párrafos, no tiene nada de bien redactada, la pregunta iba como enfocada a hacerme un examen de conciencia sobre qué tan raro me estoy volviendo o qué tan mal me adecuo al mundo en los últimos días.
A causa de haber llegado de arrimado a la Roma, y no me refiero a ser un quiste maligno y putrefacto de inquilino que no paga, no limpia y no coopera en nada, sino que por arribista, llegué sin cama y se me facilitó un colchón (Dorito en su gran benevolencia), al cual empecé a tutear y hacerme íntimo amigo mío (al grado de que si lo babeaba, no me delataba), había logrado hacer un hueco con mi posición nocturna dormilante (han de saber que soy de los weyes que no se mueven, no patean y pocas veces roncan) y el colchón Rigoberto a quien le bauticé con mis babas de esa manera, fue hace poco sustituido por un colchón nuevo.
Dicen que los mexicanos, estamos acostumbrados a la abundancia y parte hay de éllo que somos tan malos en la actualidad, para lograr una concienciación rígida en el cuidado de la ecología, del reciclaje, de la preservación de nuestras áreas verdes, del agua y todo aquello que la naturaleza está agonizante en estos últimos años y que nuestros ancestros aztecas lo tenían en grandes cantidades. Pues yo, soy como todo alrevesado (no sólo me refiero a lo sexoso) en el aspecto de la abundancia, yo de mi cráter de colchón Rigoberto tamaño individual, pasé a una Alejandría matrimonial… el doble (bueno casi) de espacio, de alambres no salidos, de no hoyos, un mar de tela y esponjita cubierta por ésta para mi… la cosa es que llevo dos días sin dormir, me ha dado como insomnio: no me acostumbro al espacio, al confort, a no tener hoyos, a ya no estar al nivel del suelo, a tener edredón y sábanas.
¿Será que en mi otra vida fui un Zulú y gustaba que mis ramas de cama deformaran mis huesos de la espalda al grado de que aparentara un mal de Proteo como caparazón de Tortuga Ninja y así con la malformidad conquistar a las jovencitas de senos como resvaladilla?
¡Quiero dormir! ¿Estaré normal?
Ayer tuve una compra compulsiva, me confieso una presa fácil de capturar cuando los empaques, las ediciones y el producto en general son bonitos; soy como el niño gordo a los que todos en la primaria le pegaban “la trais” y se iban corriendo con carcajadas descomunales al viento, y éste por la desproporción de su estómago en referencia a las piernas, sus intentos se tornan inútiles tras intentar alcanzar a los roñosos que le contagiaron el mal.
Debo aclarar que antes de verme sacar la tarjeta de la cartera, tuve que rondar una hora (así de patético mi intento) la cajita, hasta creo que una de las vigilantes del Mixup, ya me había echado el ojo y no me la podía quitar de encima.
Intenté distraerme con otros productos que me ayudaran evitar caer en la tentación, a los cuales (ahora) no puedo reprocharles nada, lo hecho, hecho está.
Allison Goldrapp intentaba alejarme, seduciéndome con sus remixes y cola de pavo real, pero no lo consiguió; por más pasos cual epiléctica que diera Elaine Benes (Seinfeld) y me prometiera horas y horas de diversión, tampoco fue lo suficientemente poderosa (igual por que creo, que sí estaba caro). Asemejaba cual una ave de carroña, y haciendo surcos en la tienda, autoconvenciéndome de evitar un gasto que me implicara el hambre como de niño de calle por el resto de la quincena, mi lado masoquista, pero aún más notorio mi consumista interno, acabó por ceder ante Sex and the City…

La compra estaba hecha, el remordimiento estaba comenzando, compré la caja… compré la caja… compré la caja… monotoneaba para mis adentros. Encendí un cigarro y seguí caminando sin rumbo, esperando encontrar un descanso mental, había agotado mis pocas neuronas en una vanalidad, y me encontraba desgastado sin duda alguna. Un café… éso necesito…
Llegué, ordené uno grande y me senté a beberlo mientras buscaba zorrear con alguien, aferrándome a la idea de que éso me podría hacer olvidar por instantes mi opción a la vida de los pobres (estoy seguro que Teresa de Calcuta, hubiera hecho lo mismo, sólo que ella quedó en el trance de la misioneriada).
No pude ligar con nadie (como de costumbre) y mejor saqué un libro y me puse a leer… Con la poca luz del lugar, no pasaron 3 páginas cuando ya me dolía la cabeza y decidí terminar el brebaje y dirigirme a casa. No había nada que pudiera hacer, mas que hacer uso de la compra, lo cual me atraía indiscutiblemente.
Salí, tome mi ruta peatonal y atravesé la Zona Rosa. Caminando por el pasillo de la piratería que hace de umbral a la estación del metro Insurgentes, encontraba mira en la piratería… Sex and the City temporada 6 a la venta… “jo jo… yo la tengo ahora original… y a la vez soy tan pobre…“
Unos gritos me detuvieron a ser espectador de una riña urbana de la cual, la gente en vez de estar angustiada, estaba haciendo apuestas verbales como en una pelea clandestina de perros.
Dos weyes, zonarocescos estaban de luchadores estelares en una de las entradas del metro. La gente los animaba a que se dieran en su madre y hasta les aplaudían y echaban porras.
“Vamos maricón, dale en su madre“; “agárralo“; “de los pelos putito” era los gritos que me hicieron asignarme en primera fila al evento que sin duda, me hizo olvidar que ahora estaba pobre y que por lo menos no me estaba agarrando a golpes con otro wey.
Tirándose moquetes al aire sin éxito alguno y azuzándose como perros rabiosos, se hacían de empujones a mano extendida y por cada intento de puñetazo, seguían dos pasos en retirada. Uno de ellos resbaló dejando al descubierto su cabellera, teñida de mechones rubios y en corte de caricatura japonesa, ante su adversario quien no dudó en agarrarla con las dos manos y usando la cabeza como eje perpendicular de un volantín, hizo mover el resto del cuerpo abatido un volantín, a quien hizo girar 360 grados por lo menos 6 vueltas completas hasta que la inercia del huracanazo y el peso en movimiento del ingrato, debilitó su cuero cabelludo y terminó de ranazo en el suelo mientras que el agresor en trofeo de cacería, se quedó con dos mechones exhalando furibundo.
Hasta ese momento, sus amigos, evitaron que se volvieran a enfrentar. Se metió la pandilla del ganador al metro, y el derrotado y compañía se retiraron.
Todos volvieron a transitar con normalidad y los oficiales que estaba para cuidar a la población, terminaron de tragarse sus elotes nadando en mayonesa con singular gusto, asegurándose que no hubiera un robo o algún delito en la zona de su cuidado.
“Nene, me puedes tocar, sólo soy una chica normal… ¡súper natural!“
Si habías pensado que Marta Sánchez fue siempre solista y tenía videos megachafísimas con el ex-guitarrista de Guns & Roses, ése del sombrero y melena como de Amanda Miguel, pues estabas completamente equivocado. Esta española de caderas pronunciadas y senos ernormes, tuvo sus inicios artísticos con la fallecida agrupación Olé-olé, de la cual SúperNatural y Con sólo una mirada, eran mis favoritas y me declaro culpable, me las sabía y estaba seguro que cuando creciera, Marta se casaría conmigo por que estaba bien enamorado de ella. Se me hacía muy sexy y cachonda. Corte a: ya no me gusta nadita, se puso bien fea y como que le creció la nariz, además como que hay algún trabajo que se hizo en la cara, que ya no se parece a la de Olé-olé sino a una mala cirugía hecha sobre Sofía Loren.
Pero verla en sus glorias de finales de los ochentas, me hace viajar a una fiesta de 6to grado (así es, hace añales) donde en mi salón, habían 2 chicas que se disputaban el primer lugar para el celaje de todos los prepubertos que deseaban olerles su colita en desarrollo. Estos infames y calientes compañeritos míos y yo, habíamos sido invitados a casa de Elisa y desde luego asistiría Vera, todos habíamos llevado nuestros mejores y “juveniles” trapos para ser vistos a-la-moda; yo llevé una camisa de botones por doquier con un corte tan raro que parecían hombreras, de un color naranja melocotón tan chinga pupila que estaba a juego con mis pantalones deslavados de mezclilla, medio bombachos que terminaban en un súper arremangado y coquetón doblez en los tobillos, con mis calcetines blancos y zapatos negros. Un reloj (aunque usted no lo crea, usaba reloj) full color y un peinado de superpunk. Todos íbamos similar y a la entrada, Elisa ¡nos recibió de beso! ¿es posible que en ése momento, pasamos de la niñez a la pubertad? yo estoy convencido. Empezó la fiesta, y todos comíamos papas y cacahuates y refrescos a los cuales mezclábamos de varios sabores, para darles un sabor reventado y picudísimo. Era de esperarse que todos los weyes estábamos en una esquina, y las jovencitas en la otra admirando nuestros outfits tan a la moda jojo. Vera había traído 3 cassettes para ambientar la reunión, a lo que harta del rancherismo de los varones, dijo: “Todos vamos a bailar , pongamos mi canción favorita: Súper Natural”…
Entré en conflicto, no sabía a quién amar, si a Vera que gustaba de mi canción favorita del momento, o seguir amando a Marta Sánchez.
Decidí empezar a oír a Guadalupe Pineda… chale.
Bueno, ya nos lo tenía advertido Jaime Mausán: “están entre nosotros” y sólo fue juzgado por tener pésimo gusto para vestir y tener ojeras de teporochero; México se volvió la Meca de albergue para estos seres del espacio exterior y hacer de su anonimato, un oficio honrado y público: ahí está Ana Bárbara y su “me asusta pera me gusta“, canción con un grito desesperado por sus pasiones ovniezcas-zoofílicas y su pasión desmesurada por los hombre lobos. O más popular actualmente, Martha Higareda y su Amarte duele, y su bodrio de Chicas Mal, y como acaparó las portadas de revistas de prestigio como 20ytantos, Eres y Conozca Mas (jo jo); y ahora este varón extraterrestre… totalmente marte.

En efecto, las amo y no hay nada que lo niegue. Ayer precisamente, como resultado de la cena del miércoles de soltería, habíamos sugerido asistir en comuna a la barra libre del BoyBar. Sólo asistimos Ángel y yo merengues Méndez. Esta belleza empezaba a las 10:00 pm, llegamos a las 9:58 pm…
…zzz….zz…
…
Bueno tengo un puto sueño. Que si me llegara a cantar “Vamos a la cama” La Familia Telerín, ahí quedo.
Llegué a la oficina con una marca en la frente, consecuencia lógica tras usar el tubo del camión como almohada. “¿Qué te pasó Richi en frente?”…
Atiné a responder: “Es una alergia… en unos minutos se me quitará“.