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Me encontraba en la sección de fumadores, todo marchaba como tenía que marchar: ahumadamente sensacional. Cada bocanada, intentaba repetir la dona que de puro accidente logré sin haber meditado la postura de los labios y quijada. La gente marchaba con prisa a sus destinos y algunos se detenían a tomar aire o fuerzas sobre los artículos que venían cargando.
Tiré las cenizas dentro del cenicero desechable (que me había proporcionado la dependiente con pésimo gusto para vestir) con un movimiento de pulgar sobre la boquilla. Volví a practicar la dona, un fracaso más que no me lamenté por que el lugar ocupado por mí era el mejor del local. El viento soplaba de tal manera que algunos papeles intentaban volar como polluelos con constantes aterrizajes forzosos y de vez en cuando, alguna dama involuntariamente dejaba ver sus piernas si en el pequeño huracán, éste le alborotaba las faldas.
- ¿Gusta otra taza de café? me preguntó el mesero con cierta cortesía.
- Por favor. Acerqué con un pequeño arrastre sobre la mesa la taza vacía a la jarra que tenía el subalterno en mano. Le indiqué con una sonrisa el límite sobre el brebaje que estaba dispuesto a beber y agradecí con una reverencia sencilla el gesto.
A la hora de darse la vuelta sobre sus talones y darme la espalda, no pude dejar de sorprenderme sobre el tatuaje que tenía en la nuca, era una especie de cicatriz que resulta del rebane agresivo de carne con puñal dentro de riña callejera, amorfo en el levantamiento de piel, estaba tratando de ser disimulado con algunos motivos decorativos elaborados con distintas tintas. No pude evitar sacarle conversación al trabajador, moría de morbo para saber su historia.
- Disculpa, ¿cuánto tiempo tienes trabajando en este lugar?, es la primera vez que te veo. Reprobé mi forma de iniciar una conversación forzada, pero creía que ésta, era la mejor forma de hacerme ganar el tiempo de su atención.
- Salgo en 20 minutos más, ¿te gustaría acompañarme a una fiesta? sin titubear me hizo la invitación que me dejó sin habla, respondí afirmativo con repeticiones de movimiento de cabeza de arriba para abajo.
Pude ver como terminaba sus labores con eficiencia para con los demás comensales, quienes no dudaron en dejarle retribución voluntaria ante sus servicios. Con cierta dificultad se quitó el delantal que enrolló sin método y aventó en la gaveta ubicada abajo de la caja registradora y sacando de su bolso trasero de pantalón un cigarro lo encendió y empezó a exhalar el humo. Se acercó y con un movimiento de cabeza indicó que le siguiera. Caminamos sin hablar las primeras cuadras hasta que terminándose el pitillo, escupió la primera palabra después del silencio que me tenía extrañado sobremanera.
- “Debo pedirte un favor“, tiró la colilla lejos con extender como patada el anular sobre su pulgar. A la fiesta a la que vamos (continuó), en realidad es, un velorio del cual intentaré recuperar un anillo de la occisa, debo imaginar que con la pérdida de líquidos, alma y vida debió adelgazar las manos como para poder arrancarle la joya del dedo. Pero a esto no puedo hacerlo sólo y necesitaba ayuda de un extraño para hacerse pasar por mi prometido.
No podía creer lo que decía, primero íbamos a ir a un velorio, con lo que los aborrecía, los llantos, la ropa negra y el mal café que disponían a los presentes. Un plan macabro de hurto, a una que posiblemente fue una mujer a punto de ser feliz en vísperas de sus nupcias; y, por último la idea de hacerme pasar por su ¿”prometido”? no podía negar que el misterioso mesero de la aún más misteriosa cicatriz del cuello le encontrara atractivo y buen mozo, pero no era del tipo que pareciera de esa orientación sexual. Vacilé un poco antes de contestar, intentando encontrar las palabras correctas en el cielo.
- “Me halaga la invitación, pero no soy de las personas que gusten acciones que hagan sudar el adrenalina, como los jugos gástricos a la vez”.
- Todo lo tengo bien planeado, no tienes nada de qué preocuparte, tú sólo tienes que cubrirme cuando le corte el dedo para sacar la sortija. A lo que sacó del bolsillo del pantalón una navaja que cotejó visualmente para asegurarse que no tuviera ningún desperfecto para su próxima tarea.
Seguía yo sin poder refutar la invitación o salir corriendo, debo confesar que me entusiasmaba la idea loca. Me lograba visualizar como un saqueador de tumbas, como un delincuente en acción a plena luz y en colaboración con un perfecto desconocido. No supe cuántas cuadras caminamos para acercarnos a la capilla velatoria, pero me llegó como caída del cielo una gran idea, volteé a mi lado para decirle a mi colega finito para hacerle saber qué se me había ocurrido.
- ¿Y sí sugiero hacer algunas letanías religiosas con los ojos cerrados a los presentes?, para que puedas arrancar con menos presión el anillo.
Terminada de enunciar mi sugerencia sólo pude notar con asombro que el mesero que me había invitado y que caminaba a mi lado, ya no era el sino ella, y una mujer hermosa.
- Ah, disculpa. Había omitido decirte que tengo una extraña cualidad de transformarme de hombre a mujer a voluntad a cualquier hora del día. Dijo despreocupada mientras terminaba de introducir los aretes en su oreja izquierda.
- Pero, ¿qué está pasando aquí?. No podía dejar de estar asombrado, estaba incluso asustado desmesuradamente ante la metamorfosis que se hizo a mi lado y que no pude presenciar y mucho menos entender.
- Verás (dijo) a la perra que vamos a arrebatar la sortija, es una expretendiente con la que me pensaba casar. Es la heredera de la fortuna Hanson, y nos conocimos el año pasado en una fiesta aburridísima que me tocó meserear, se puede decir que fue amor a primera vista y yo, harta de trabajar de mesera, bueno como hombre soy un fracaso, decidí hacerme de fortuna usando mis conocimientos profundos sobre la mujer, y como hombre que soy la mareé con una labia mesurada que a toda mujer nos gusta oír. Lamentablemente, esta dualidad de vida que llevo me hizo envidiarla tanto, que la asesiné ayer poniéndole arsénico espumoso en su bebida… no me podía enamorar de alguien menos bella (aunque infinitamente millonaria) que yo; estoy enamorada de mi parte de hombre, y como mujer no puedo contener mis celos.
Caminamos unas tres cuadras más y llegamos a la funeraria, entramos directamente a la capilla donde los familiares sufrían en alaridos de lamentos con tiples altos y maquillaje corrido. Fingimos la seriedad correspondiente a la atmósfera y nos acercamos al féretro con el cuerpo depositado. En efecto, la ocupante del ataúd era menos bella que mi acompañante y pude notar, a su vez, que el veneno empleado en su homicidio fue lo suficientemente fuerte al cometido por que logró que se auto cercenara parte de la cara con las uñas de sus manos al darse cuenta de su notoria muerte en proceso. No pude evitar sentir pena por ella y me remordía mi presencia sin haber efectuado el atraco aún. Nos sentamos en la primera fila y encogido en hombros me puse a pensar el por qué estaba ahí. No conocía a este extraño ser, me pedía colaborar como cómplice en un delito sin precedentes y más aún no dejarme ver recompensado.
- Acércate conmigo, me abrazas y me cubres lo suficiente para poder mutilarle el dedo, ésa joya debe ser mía, me costó una fortuna y me robé como hombre para olvidarme de mi como mujer. Susurró.
Hice lo que ordenó con un nerviosismo que me hizo sudar, sentía como tiritaban mis piernas del estrés. Nos acercamos, le abracé y sacó con una agilidad la navaja, y como carnicero separó en un movimiento el anular de la mano llevándose el anillo aun abrazado al dedo a la bolsa del pantalón junto a la navaja. Fingimos unos llantos y encorvados en nuestra actuación salimos del lugar.
- Los diamantes, son los mejores amigos de la mujer, no cabe duda. Dije retirando el sudor de mi frente con la manga de mi camisa.
Rió discreta la/el mesero y volteó triunfante a mi aclarando:
- “No es una sortija de diamante, sino que esta piedra que parece alabastro níveo, es la piedra renal extraída del amante con quien quería casarme para olvidarme de mi yo hombre“…
Preferí no responder, nos despedimos pasándonos los teléfonos “por si le aceptaba un café el fin de semana entrante con ella” y nos separamos.
Al día siguiente pasé al restaurante donde trabajaba ella como el, y pude notar que no se encontraba trabajando. No quise averiguar qué había pasado con el y nunca llamé a ella.
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Me sorprendía sobremanera que mi compañera de a lado izquierdo, con la cual nunca hablaba, siempre tuviera una sonrisa en su faz. ¿Era una persona verdaderamente feliz?. No contuve más mi curiosidad, me armé de valor y empecé a formular mis primeras palabras con ella.
- ¿Y cuánto tiempo tienes trabajando en esta empresa? pregunté con semblante dubitativo.
- Déjame hacer memoria, entré unos días antes que tu.
No se me ocurrió nada más y devolviéndole una leve sonrisa, regresé a mis labores.
Pasaron unos días para seguir la escuálida conversación. Su semblante, radiante como siempre, llevaba trazada una sonrisa.
- ¿Qué labor es la que ejerces aquí? pregunté con poco interés en la respuesta, sino, por el afán interrogatorio que me había propuesto con ella.
- Vigilo el orden. Respondió arqueando la ceja derecha. Segura y sin fanfarronear siguió su discurso. Trabajo gratis, lo hago por puro gusto; vengo de una familia muy rica, gusto de los platillos a medio cocción, mi color favorito es el naranja y siempre he pensado que las moscas son las verdaderas mejores amistades de la humanidad.
- ¿Qué edad tienes? fue lo único que atiné a preguntar.
- Seiscientos sesenta y seis. Terminó con una breve risa.
Inmediatamente concluí que un hombre jamás debe preguntarle la edad a una dama y tomé con gracia la respuesta y continuamos nuestras labores; élla en su custodia y yo con mi archivo interminable de documentos.
La mañana siguiente, la dama de la sonrisa llegó notoriamente desarreglada, como si no hubiese dormido bien o como si hubiera trasnochado. Su ropa estaba arrugada, sus cabellos no venían recogidos como de costumbre y en los ojos dejaba en claro la falta de una almohada por lo rojizo de éstos. Sin embargo, su arribo más que pasar advertido, fue invisible para los demás. Sólo yo había notado su presencia y no sólo por ocupar el espacio a mi izquierda.
- Buenos días. Ofrecí éstas palabras al llegar mi compañera.
- Si vienen preguntando por mí unos hombres de sotana negra, tu no me conoces y no des referencias mías.
Para mi extrañeza, pensé, no sería difícil no proporcionar datos suyos, realmente no le conocía. Ni el nombre, sólo su edad jocosa y antievangélica, su color favorito (dato nada revelador), su amnistía laboral, su supuesto abolengo monetario… y la desagradable idea de las moscas como amistad de la humanidad.
- Muy bien (respondí) prometo no decir nada, pero ¿ha ocurrido algo?.
No respondió y levantándose se alejó en dirección del baño.
No regresó en todo el día a su lugar, me extrañó pero no me preocupó, la mujer necesitaba descansar. Minutos antes de que terminara la jornada laboral, a manera de susurro oigo mi nombre. Volteé hacía el origen sonoro de mi proclamación, y seguí instintivamente el cuchicheo hasta llegar a la bodega del edificio. Lóbrega, poco iluminada y tétrica. Abrí la puerta de ingreso al lugar y una peste nauseabunda salió acompañada de una brisa templada, que me irritó inmediatamente los ojos. Seguía la voz, no sentía temor, sino, ganas de devolver los alimentos, improvisé un cubre bocas con la manga de mi camisa y seguí la indagación de la habitación.
Sólo podía preguntarme quién podría ser el encargado de tal chiquero, para acusarle sin piedad, ya que parecía una cámara de torturas.
Para mi sorpresa, me topé con un especie de altar donde desnuda, se encontraba mi compañera de la sonrisa bañada en sangre. Mi horror no fue verla abierta del vientre y que salieran de ésta herida los intestinos y los gases pestilentes del homicidio, sino, fue encontrarla aún con vida y disfrutando con peculiar morbo su postura y posible muerte en instantes. Me acerqué a ver qué podía hacer para ayudarla.
- Seiscientos sesenta y seis… exhaló y sonrió como mutis final.
La voz que me llevó hasta el sacrificio que pensaba era de la occisa, se reveló saliendo un hombre en sotana negra con una daga en mano y un rosario hecho de huesos pulidos en la otra.
- Gracias a ti, dimos con esta perra. Ahora podremos salir del edificio.
Manadas de individuos con la misma vestimenta fueron materializándose de las partes mutiladas de la bodega, la pestilencia fue disolviéndose.
- Pero, ¿cómo?, no podía dejar de tener aspecto bobalicón en mi rostro, tras ver el espectáculo.
- Lo malo de un vigilante del orden, es que nunca vigila su seguridad.
Días después, desperté con una alegría descomunal, sólo podía pensar en una cifra: seiscientos sesenta y siete.
Llegando a la oficina se me acerca una hermosa mujer.
- ¿Y cuánto tiempo tienes trabajando en esta empresa? preguntó con semblante dubitativo.
- Déjame hacer memoria, entré unos días antes que tu.
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Trazas mentales infructíferas de publicación alguna, me han amanecido desde el domingo, creyéndome, que a falta de una editorial que quiera publicar mis abortos y sinfinales ideas de alguna historia, lo mejor es crear una nueva categoría donde pueda albergar al menos pendejadas que en mi muy particular mundito, me parecen cagadas y dignas de existir al fin y al cabos, todo es cuestión de gustos y quién quita y luego me puedan ofrecer redactar alguna cláusula episcopal o algún tratado sobre los sobres sobre la zozobra.
Diálogo entre bebedores de café:
En medio de una pequeña cafetería del centro, el clima era simplemente perfecto, el brebaje caliente evitaba el ritual del sacado de rompevientos ocupando lugar en la mochila que llevaba.
Los comensales del lugar, eran tan variados como sus atrevidas combinaciones alimenticias, alguno de éstos había pedido un emparedado de pollo con ensalada de papas y una de esas mezclas aberrantes de hielo, esencia de algún jarabe, crema batida y café, el muy obeso, daba algún mordisco a su refrigerio, seguido de una cucharada de la compota de papas, para aún entre mordiscos mórbidos hacérselos pasar con un sorbo de su azucarado híbrido de café.
Me molestaba sobre manera el niño llorón de la esquina, no paraba de estirar los brazos para alcanzar el anuncio luminoso portador con el nombre del lugar, asimilándolo como un juguete que mereciera por haberse chorreado el helado de vainilla. Su madre no hacía el menor esfuerzo por consolarlo, pues se ocupaba distraída en el coqueteo con el caballero de pipa y barba quien no retirara su mirada de los senos de la mujer.
- “Adoro tomar café, creo, es la mejor forma de entender a los drogadictos. Si tan solo llegara a producirnos un viaje alucinógeno, sería perfecto“. Dijo mi acompañante tras un pequeño sorbo de su taza, inhaló ruidosamente mocos de su nariz y se limpió con la manga de su camisa la boca.
- Sí, igual a mi. Es mi bebida favorita…
- ¿Sabes?, soy igual que las mariposas.
Mi mente hastiada de dobles sentidos e imaginación pueril, empezó a revolucionar respuestas a escupir.
- ¡Oh!, ¿te autoproclamas así por alguna preferencia en el lecho de la cama? no convencido de mi resolución mental, dejé disparar la pregunta.
(Como todo no caballero, se rascó la ingle) – No soy de ésos, me gusta hacerme la analogía de las mariposas, por que el mejor polen que hay, es el de las flores de la mujer, llenarme la lengua de ese néctar divino, polinizar el pistilo, dirigir la colmena al más hondo edén virginal que Dios pudo crear para nosotros los mortales, ¡oh la mujer! (dirigiéndose a la madre del chiquillo llorón) – Señora, ¿puedo invitarle a coger?
- ¡Vamos inmediatamente, sé con quien dejar al niño! dijo sin pensarlo, agarró al bebé, ignoró a su cortejo en turno, y echó unas monedas sobre la mesa.
Dejándome con la cuenta, los vi marchar. “Chale” pensé.